Me levanto, entumecida y soñolienta tras la larga noche de fiesta.
Me visto, mal que bien; te beso y te abrazo; me cuesta separarme, me quedaría allí.
Pero he de marcharme, y te dejo solo en tu cama caliente, enredado en tu edredón, para que sigas durmiendo, haciéndole carantoñas a tu perro, al que me pides que deje entrar. Me voy con esa imagen; se te ve a gusto.
Paso el día sin saber más de ti. No sé lo que has hecho, ni dónde has estado. Al anochecer, te envío un mensaje, una excusa para hacerte llegar un beso. Una manera como otra cualquiera de decirte que pienso en ti. Al parecer no te llega entero; contestas que no entiendes, y me haces una pequeña broma. Pero nada más.
Pasa el día siguiente, de nuevo sin saber de ti; sin saber qué has hecho, ni dónde has estado. No sé cuándo darás señales; no sé cuándo te abrazaré. No sé dónde estás. Tal vez mañana vuelva a pasar así el día entero, tal vez pasado también.
Y yo, me voy vaciando; porque te echo de menos, porque te quiero más cerca; y porque tú, no.
Me siento incapaz de estirarte: no es eso lo que deseo.
Recuerdo con una punzada de dolor cómo hasta hace bien poco, hasta hace nada, me sorprendías constantemente: una llamada, una comida, un momento, un café… Tú no estás atado, vives suelto en la vida: hay muchos pequeños ratos al día que podrías dedicarme. Que me dedicabas, con ilusión. Pero ya no lo haces. Ya no te sale.
Y yo, no sé porqué.
No sé qué ha ocurrido, no sé que ha cambiado.
Pero sé que lo siento, y que me siento triste, sola, vacía.
Los momentos que pasamos juntos se me escurren entre los dedos como el agua. No hablamos, no preguntas, no planificas, no quieres saber porqués. No me cuentas, no me haces partícipe, ni cómplice. Me siento un agregado absurdo en tu vida; prescindible.
Me pregunto a ratos no ya si algo me quieres, sino si te gusto. Si significo algo.
Y, sobretodo, porqué.
Porque me duele tu indiferencia, no sentirme nadie.
Porque termino yo misma sintiendo que no soy nadie.
Y porque, así, ya no me siento bien.