Publicidad:
Terra
La Coctelera

Las cajas del adiós

La casa está llena de cajas. De cajas llenas de ti.

Es triste, muy triste, pero a la vez liberador. Nunca había tenido una sensación tan honda y tan extraña.

Deseo, necesito, que ya no estén más aquí; pero a la vez me gusta mirarlas, y acariciar con mi alma cada una de tus cosas. Sé que tu mundo se irá para siempre. Tal vez por eso me resisto a dejarlas escapar de mi retina.

Este es el momento en que nuestros caminos se separan. En que termina lo que nos hemos venido a aportar. No ha sido lo que creíamos... pero nos llevamos ambos grandes lecciones.

Así es la vida. Junta, enseña, separa. Ella sabe. Todo tiene un porqué.

Y hace crecer nuestras almas dolorosamente, trayéndonos siempre, con lo peor, lo mejor.

Que seas feliz. Y que tu espíritu quede impregnado de mis enseñanzas, al igual que el mío crecerá, con lo que de ti aprendí.

Adiós, para siempre; adiós. Desde el fondo de mi alma, y tal vez hasta otra vida; con dolor y con lágrimas, pero para siempre, adiós.

Caperucita roja

Hoy, he guardado en Cajas del Olvido casi todos los restos de ti. Al hacerlo, me he dado cuenta de cuánto tu presencia seguía flotando en esta casa, impregnada en cada una de tus cosas, y de cuánto dejas de estar, al esconderlas, con ese vacío que cada rincón desprende con su ausencia.

Después haré lo mismo dentro de mí.

He sentido temor de lo que sentiré cuando de una vez te las lleves todas, y no quede, aquí y en ningún sitio, ni rastro de ti.

Y me he detestado profundamente por haberte querido tanto, por haberte abierto mi alma, desprotegida y confiada, de par en par.

Todavía llevo el desgarro de tus colmillos de lobo clavados en el fondo de mi esencia. Sin escrúpulos, sin piedad ni principio alguno. Sin nada que se pareciera remotamente al amor.

Pero cuando se sane, me habrás enseñado a no ser nunca más una ingenua Caperucita.

Conservaré cuidadosamente doblado mi manto rojo, sin lavarlo, para que no se me olvide jamás.

Un día

Llegará un día, en que no asomará desde algún lugar escondido una remota esperanza al escuchar el contestador que sé vacío. En que no me costará saber que no sé de ti.

Llegará un día, en que ya no te veré más en cada rincón de esta casa; en que su espacio y su tiempo, sin fragmentos, me pertenecerán.

Llegará un día, en que no me dolerá haberte dado. Ni que hayas tirado sin despeinarte por la ventana, día a día, toda mi valiosa ilusión.

Llegará  un día en que ya no estarás más. En que ya no me quedarás, nada. En que seré feliz, y me sentiré llena, llena de estar sin ti.

Llegará un día, en que serás un lejano recuerdo a no esbozar, perdido y guardado en algún rincón borroso de mi memoria.

Un día.

Llegará.

 

Feeling better

Ayer, tiré tus rosas disecadas, cambié las lámparas de las mesitas de noche de la habitación, dejé de decirle hola y adiós a tu perro, y compré cajas de cartón para meter en ellas tus restos de ti.

Ayer, metí en un saco viejo tu flauta de encantador de serpientes, y me compré unas gafas naranjas, para ver mejor la vida.

Hoy, he lavado los cuchillos en la cocina, y los he colocado, para secarse, del derecho, después de haberlos estado colocando durante tres años del revés.

Hoy, he decidido que ya seas pasado.

Mañana iré guardándote despacio en esas cajas de cartón; de ese cartón que a mí no me cabe en la vida, porque, cuando se moja, aunque sea solamente un poquito, se deshace.

Reflexión

Me levanto, entumecida y soñolienta tras la larga noche de fiesta.

Me visto, mal que bien; te beso y te abrazo; me cuesta separarme, me quedaría allí.

Pero he de marcharme, y te dejo solo en tu cama caliente, enredado en tu edredón, para que sigas durmiendo, haciéndole carantoñas a tu perro, al que me pides que deje entrar. Me voy con esa imagen; se te ve a gusto.

Paso el día sin saber más de ti. No sé lo que has hecho, ni dónde has estado. Al anochecer, te envío un mensaje, una excusa para hacerte llegar un beso. Una manera como otra cualquiera de decirte que pienso en ti. Al parecer no te llega entero; contestas que no entiendes, y me haces una pequeña broma. Pero nada más.

Pasa el día siguiente, de nuevo sin saber de ti; sin saber qué has hecho, ni dónde has estado. No sé cuándo darás señales; no sé cuándo te abrazaré. No sé dónde estás. Tal vez mañana vuelva a pasar así el día entero, tal vez pasado también.

Y yo, me voy vaciando; porque te echo de menos, porque te quiero más cerca; y porque tú, no.

Me siento incapaz de estirarte: no es eso lo que deseo.

Recuerdo con una punzada de dolor cómo hasta hace bien poco, hasta hace nada, me sorprendías constantemente: una llamada, una comida, un momento, un café… Tú no estás atado, vives suelto en la vida: hay muchos pequeños ratos al día que podrías dedicarme. Que me dedicabas, con ilusión. Pero ya no lo haces. Ya no te sale.

Y yo, no sé porqué.

No sé qué ha ocurrido, no sé que ha cambiado.

Pero sé que lo siento, y que me siento triste, sola, vacía.

Los momentos que pasamos juntos se me escurren entre los dedos como el agua. No hablamos, no preguntas, no planificas, no quieres saber porqués. No me cuentas, no me haces partícipe, ni cómplice. Me siento un agregado absurdo en tu vida; prescindible.

Me pregunto a ratos no ya si algo me quieres, sino si te gusto. Si significo algo.

Y, sobretodo, porqué.

Porque me duele tu indiferencia, no sentirme nadie.

Porque termino yo misma sintiendo que no soy nadie.

Y porque, así, ya no me siento bien.

Mensaje

Estaba acurrucada en mi cama al mediodía, abrazada al osito marrón; trataba de dormir. Para desconectar.

Ha sonado un mensaje en mi móvil. Eras tú. Me has dicho: “Me gusta; por lo que dices, por cómo lo dices. PERDÓN otra vez.”

Lo he leído dos veces; y he seguido acurrucada. Reconfortada, aliviada. Y me he dormido.

Pero al despertar, me he dado cuenta de que no había conseguido desembarazarme de mi abatimiento.

Porque me ayuda, pero no me basta.

Me faltas. No sé cuándo te voy a ver.

Y necesito abrazarte.

Tristeza

He abierto los ojos, ahogada entre mis emociones exaltadas por la resaca, y tú dormías lejos de mí. He recordado el día en que me desperté, igual, pero me abrazabas dormido, y enroscado a mi espalda. Cómo lo necesitaba. He roto a llorar. Sin poder parar, he empezado a llorar, a llorar y a llorar, embargada por una tristeza enorme, salida de mil sensaciones amontonadas. Cuando te has dado cuenta, sólo me has abrazado, pegándome a tu pecho, y me has dejado llorar. Sin molestarte, sin preguntarte, sin preguntar. Sólo me dejabas llorar.

“Anda, que estás bien de mocos”, habías dicho al oírme respirar costosamente. Yo me había levantado minutos antes para irme a desahogar al baño, en silencio y escondida, y estaba vistiéndome para tratar de desayunar y desembarazarme así de ese agujero que me pesaba en el alma. No me he visto capaz de disimular, y te he contestado directamente: “no son mocos; estoy llorando. No sé qué coño me pasa.” Ha sido entonces cuando me has abrazado, y yo he seguido llorando, y al final me he vuelto a desnudar y a meter contigo en la cama, para llorar más, y dejarme sentir tremendamente triste, y sentir ese alivio que, no se sabe porqué, producen las lágrimas. Y tú, me abrazabas. Me dejabas llorar. Y no preguntabas. No necesitabas preguntar.

Te había mentido, un poco; porque sí sabía lo que me pasaba. Pero, aunque pudieras verme llorar, no podía decírtelo a tí.

Porque, cómo decirte…

Que te había necesitado, y tú no habías estado; que me habías faltado; que, sin entender porqué, esos días de silencio me habían hecho sentir que había dejado de ser importante en tu mundo. Que ese “mis sábanas todavía huelen a ti” de hacía sólo una semana me quedaba muy lejos, y me sumía en una triste nostalgia, como si perteneciera ya a otra época.

Cómo decirte que me dolía no haberte sentido, no haber sentido que tú también me sentías a mí.

Que necesitaba seguir respirando esa ilusión que alimentabas con cuidado hasta hacía nada; que me faltaba ese oxígeno. Esa burbuja en la que me venías sumiendo desde el día en que te conocí.

Que tenía miedo, mucho miedo, de que se hubiera evaporado.

Cómo decirte que necesitaba algo que no se puede pedir.

Cómo decirte.

Noche de verano

Ella tenía razón. Me gustó.

Era fotógrafo.

No lo esperaba, pero me abrazó, me besó, con una lengua suave y enorme, y me hizo el amor con fuerza y destreza, una sola vez. Con esa calidez que a mí me gusta: noté que me fundía en su piel.

Me gustaban sus abrazos. Hablaban. No tenía miedo: me dejé.

Al despertar, su fría ausencia me desgarró: ni una caricia, ni un gesto; un cuerpo vacío.

Y me marché.

Sorbí amargas lágrimas en mi confusa y húmeda resaca. No había nada que entender.

Subí tres ladrillos.

Y le olvidé.

*

Pero me equivoqué.